sábado, 25 de abril de 2015

capitulo cinco:

«Suicidio.» Aquella palabra sonaba más violenta que el intento cometido
en realidad. La noche antes de que empezara su último año de instituto,
lali había abierto la ventana y había dejado que las diáfanas cortinas
blancas se inflaran hacia ella mientras estaba tumbada en la cama. Había
tratado de pensar en algo bueno que le deparara el futuro, pero su mente no
dejaba de retroceder a los momentos de alegría perdidos de los que jamás
volvería a disfrutar. No podía vivir en el pasado, así que decidió que no
podía vivir. Encendió el iPod. Y se tragó las últimas pastillas de oxicodona
que su padre tenía en el botiquín para el dolor que le provocaba el disco
fusionado de la columna vertebral.
Ocho, quizá nueve pastillas; no las contó mientras descendían por su
garganta. Pensó en su madre. Pensó en María, la madre de Dios, de la que
había crecido creyendo que rezaba por todas las personas en el momento de
su muerte. lali conocía las enseñanzas católicas sobre el suicidio, pero
creía en María, cuya misericordia era inmensa, creía que entendería que
lali había perdido tanto que ya no había nada que hacer salvo rendirse.
Se despertó en una fría sala de urgencias, atada con correas a una
camilla y atragantándose con el tubo de una bomba estomacal. Oyó a su
padre y a Rhoda discutir en el pasillo mientras una enfermera la obligaba a
beber un horrible carbón vegetal líquido para que se uniera a los venenos
que no habían podido expulsar de su organismo.
Puesto que no conocía las palabras que la habrían sacado de allí antes
—«Quiero vivir», «No volveré a intentarlo»—, lali  pasó dos semanas
en un psiquiátrico. Jamás olvidaría lo absurdo que fue saltar a la cuerda
junto a una enorme mujer esquizofrénica durante los ejercicios de
calistenia, o comer avena con el universitario que no se había cortado las
muñecas con suficiente profundidad y que escupía en la cara de los
celadores cuando intentaban darle las pastillas. De cualquier modo,
dieciséis días más tarde, lali caminaba con dificultad hacia la misa de
la mañana, antes de la primera clase en el instituto Evangeline Catholic,
donde francys Pogue, una estudiante de segundo procedente de la ciudad de
Opelousas, la detuvo en la puerta de la capilla con un «Debes sentirte
afortunada por estar viva».
lali  había lanzado una mirada de odio a los ojos claros de francys que
había hecho que la chica ahogara un grito, antes de persignarse y escurrirse
al banco más cercano. En las seis semanas tras su vuelta al Evangeline,
lali  había dejado de contar cuántos amigos había perdido.
capitulo cuatro:


En la calma de la pequeña sala de espera beis, a lali le pitaba el oído
malo. Se lo mas-ajeó, una costumbre desde el accidente, que la había dejado
medio sorda. No sirvió de nada. En el otro extremo de la habitación,
giraron el pomo de la puerta. Una mujer con una blusa blanca de gasa, una
falda verde oliva y un magnífico pelo rubio, recogido, apareció en el
espacio iluminado por una lámpara.
—¿lali?
Su voz baja competía con el burbujeo de un acuario que tenía dentro un
buzo de plástico fluorescente arrodillado en la arena, pero no había señal
de que contuviera peces.
lali  le echó un vistazo al vestíbulo vacío, deseando invocar a una
lali invisible que ocupara su lugar en ese momento.
—Soy la doctora anais. Entra, por favor.
Desde que su padre se había vuelto a casar hacía cuatro años, lali
había sobrevivido a una armada de terapeutas. Una vida controlada por tres
adultos que no se ponían de acuerdo en nada resultaba mucho más
complicada que una dirigida por dos. Su padre había dudado del primer
psicoanalista, un freudiano de la vieja escuela, casi tanto como su madre
había odiado al segundo, un psiquiatra de párpados pesados que repartía
atontamiento en pastillas. Luego Rhoda, la nueva esposa del padre, entró
en escena y lo intentó con el orientador del instituto, con un acupuntor y
con clases de control de la ira. Pero lali  se había puesto firme en la
elección de la condescendiente terapeuta familiar, en cuyo despacho su
padre nunca se había sentido menos de la familia. En realidad, le había
medio gustado el último loquero, que había propuesto un lejano internado
en Suiza, hasta que su madre se enteró y amenazó con demandar al padre.
lali se fijó en los zapatos marrones, de piel y sin cordones, de su
nueva terapeuta. Ella ya se había sentado en el diván enfrente de 
muchos pares de zapatos similares. Las doctoras tenían aquel truquito: se quitaban
sus zapatos planos al principio de la sesión y volvían a ponérselos para 
indicar 
que habían terminado. Todas debían de haber leído el mismo
artículo aburrido sobre que el Método del Zapato era una manera más
delicada de decirle al paciente que se había acabado el tiempo.
La consulta era expresamente tranquilizante: un largo diván de piel
granate apoyado contra la ventana de postigos cerrados, dos sillas
tapizadas enfrente de una mesa de centro con un cuenco lleno de esos
caramelos de café con el envoltorio dorado y una alfombra bordada con
huellas de distintos colores. Un ambientador eléctrico hacía que todo oliera
a canela, lo que a lali no le importaba. anais se sentó en una de las
sillas. lali tiró al suelo su bolsa, que cayó con un golpe fuerte (los
libros de las clases avanzadas eran ladrillos) y se deslizó en el diván.
bonito sitio —dijo—. Debería comprar uno de esos péndulos
oscilantes de bolas plateadas. Mi última doctora tenía uno. O tal vez una
fuente con grifos para agua caliente y fría.-
—Si quieres agua, hay una jarra junto al lavabo. No me importaría…
—No se preocupe.
lali ya había dejado escapar más palabras de las que pretendía
pronunciar en toda la hora. Estaba nerviosa. Respiró hondo y volvió a
levantar sus muros. Se recordó a sí misma que era una estoica.
anais  liberó uno de los pies de los zapatos marrones y luego usó la
punta de ese pie enfundado en la media para quitarse el otro zapato por el
talón y revelar unas uñas rojas. Con los dos pies metidos bajo los muslos,
anais apoyó la barbilla en la palma de la mano.
—¿Qué te ha traído aquí?
Cuando lali se veía atrapada en una mala situación, su mente volaba
a destinos disparatados que no intentaba evitar. Se imaginó una caravana
pasando por un desfile triunfal en medio de New Iberia, escoltándola a lo
grande hasta su terapia.
Pero anais  parecía sensata, interesada en la realidad de la que lali
ansiaba escapar. Lo que la había llevado allí era su Jeep rojo. El tramo de
veintisiete kilómetros entre aquella consulta y su instituto la había llevado
allí, y cada segundo llevaba a otro minuto que no estaba en la escuela
calentando para la carrera a campo a través de aquella tarde. La mala
suerte la había llevado allí.
¿O era la carta del hospital Acadia Vermilion, donde afirmaban que
debido a su último intento de suicidio la terapia no era opcional sino
obligatoria?
maratón :
capitulo tres segunda parte:

Tenía una oportunidad. Las ventanillas estaban por encima del nivel del
agua. En cuanto regresara la ola, el coche quedaría aplastado en su
depresión. peter no habría podido explicar cómo su cuerpo se levantó del
agua y se deslizó por el aire. Saltó hacia la ola y extendió las manos.
Esta muchacha y cuerpo tan rígido como un palo. Sus ojos oscuros
estaban abiertos y el azul se agitaba en ellos. La sangre le resbalaba por el
cuello cuando se volvió hacia él. ¿Qué vio? ¿Qué era él?
Esta pregunta y su mirada paralizaron a peter. En aquel momento de
confusión, la ola los envolvió y se perdió una oportunidad crucial: tan solo
tendría tiempo de salvar a una de las dos. Sabía lo cruel que era. Pero,
egoísta mente, no podía dejar a la chica.
Justo antes de que la ola estallara encima de ellos, peter la cogió de la
mano
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se me olvido colocar esta parte ups ...en un rato subo mas ahora lali empezara a hablar

viernes, 24 de abril de 2015

capitulo tres:

Tenía 
amigos y una familia que la quería. Tenía una vida ante ella, varias
posibilidades que se abrían en abanico, como las ramas de un roble hacia
un cielo infinito. Poseía un don para hacer que las cosas a su alrededor
parecieran espectaculares.
A peter no le gustaba pensar en el hecho de que algún día la chica
pudiera llegar a hacer lo que los Portadores de la Simiente temían que
hiciera. La duda le consumía. Conforme la ola se acercaba, consideró dejar
que se lo llevara a él también.
Si quería morir, tendría que salir del barco. Tendría que soltar los
asideros del final de la cadena soldada al ancla. Daba igual lo fuerte que
fuese la ola, porque la cadena de peter no se rompería; no arrancaría el
ancla del fondo del mar. Estaba hecha de oricalco, un antiguo metal
considerado mitológico por los arqueólogos modernos. El ancla de aquella
cadena era una de las cinco reliquias hechas con la sustancia que los
Portadores de la Simiente preservaban. La madre de la chica, una científica
poco común que creía en la existencia de cosas que no podía demostrar,
habría arriesgado toda su carrera por descubrir tan solo una.
El ancla, la lanza y el átlatl, el vaso lacrimatorio y el pequeño cofre
tallado que desprendía una luz verde antinatural era lo que quedaba de su
estirpe, del mundo del que nadie hablaba, del pasado que los Portadores de
la Simiente tenían como única misión contener.
La chica no sabía nada de los Portadores de la Simiente. Pero ¿acaso
conocía sus propios orígenes? ¿Podía retroceder en su linaje familiar tan
rápido como él podía recorrer el suyo, retroceder al mundo perdido en la
inundación, al secreto al que ambos, ella y él, estaban inextricablemente
vinculados?
Había llegado el momento. El coche se acercaba al kilómetro seis. peter
observó como la ola emergía contra un cielo que se iba oscureciendo hasta
que su cresta blanca dejó de confundirse con una nube. Vio como se
elevaba a cámara lenta, seis metros, diez metros; una pared de agua que
avanzaba hacia ellas, negra como la noche.
Su rugido casi ahogó el grito que salió del vehículo. Un alarido que no
parecía propio de ella, sino más bien de la madre. peter se estremeció. El
sonido indicaba que por fin habían visto la ola. Las luces de los frenos se
encendieron. Después se aceleró el motor. Demasiado tarde.
La tía Cora había cumplido con su palabra: había levantado la ola
perfectamente. Esta llevaba un tenue olor a citronela,
 el toque de Cora para
ocultar el hedor a metal quemado que acompañaba a la hechicería del
Céfiro. Compacta a lo ancho, la ola era más alta que un edificio de tres
plantas, con un vórtice concentrado en sus entrañas y un borde espumoso
que partiría el puente por la mitad, pero dejaría intacto el suelo a ambos
lados. Cumpliría con su función limpiamente y, lo que era más importante,
deprisa. Apenas daría tiempo a los turistas detenidos al principio del
puente a sacar los móviles para grabarlo.
Cuando rompió la ola, el tubo se extendió por el puente y volvió hacia
atrás para chocar contra la barrera divisoria de la carretera a tres metros
delante del coche, justo como estaba planeado. El puente crujió. La
carretera se combó. El coche giró hacia el centro del remolino. El chasis se
llenó de agua. La ola lo levantó y el vehículo pasó por encima de la cresta
para salir disparado hacia el puente por una rampa de mar agitado.
peter vio como el Chrysler daba una vuelta en el aire hacia la pared de
la ola. Mientras bajaba tambaleándose, el chico quedó consternado por lo
que vio a través del parabrisas. Allí estaba ella, con su cabello rubio
oscuro, extendido hacia fuera y hacia arriba. Un suave contorno, como el
de una sombra proyectada por la luz de una vela. Los brazos estirados
hacia su madre, cuya cabeza golpeaba el volante. Su grito atravesó a peter
como si fuera cristal.
Si aquello no hubiera sucedido, todo podría haber sido diferente. Pero
ocurrió.
Por primera vez en su vida, le miró.
Las manos de peter resbalaron de los asideros del ancla de oricalco. Sus
pies se levantaron del suelo del barco pesquero. Para cuando el coche cayó
al agua, el chico ya estaba nadando hacia la ventanilla abierta, luchando
contra la ola, sacando las últimas fuerzas antiguas que fluían por su sangre.
Era la guerra entre peter y la ola. Esta chocaba contra él, le empujaba
hacia el banco de arena del golfo, aporreándole las costillas, amoratándole
el cuerpo. peter apretó los dientes y nadó a pesar del dolor, a pesar del
arrecife de coral que le rasgaba la piel, a pesar de los fragmentos de cristal
y los trozos del guardabarros, a pesar de las gruesas cortinas de algas. Sacó
la cabeza a la superficie para coger aire y vio la retorcida silueta del coche,
que desapareció bajo un mundo de espuma. Casi se echó a llorar ante la
idea de no llegar a tiempo.
Todo se calmó. La ola se retiró, reuniendo los restos flotantes, y elevó el
coche a su paso. Dejando a peter atrás.
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3 comentarios y mas

sábado, 18 de abril de 2015

capitulo dos:

peter no iba al colegio. Él estudiaba a la chica. Los Portadores de la
Simiente le obligaban a hacerlo, a perseguirla. A aquellas alturas, ya era un
experto.
A la chica le encantaban las pacanas y las noches despejadas en que
podía ver las estrellas. Tenía muy mala postura en la mesa, pero cuando
corría, parecía que volaba. Se depilaba las cejas con unas pinzas de
brillantitos y en Halloween todos los años se disfrazaba con el viejo
vestido de Cleopatra de su madre. Bañaba la comida en tabasco, corría un
kilómetro y medio en menos de seis minutos y tocaba la guitarra Gibson de
su abuelo, sin técnica pero con mucho sentimiento. Pintaba lunares en sus
uñas y en las paredes de su habitación. Soñaba con dejar las aguas
pantanosas del bayou por una gran ciudad como Dallas o Memphis, y tocar
canciones a micrófono abierto en clubes nocturnos. Quería a su madre con
locura, una pasión inquebrantable que peter envidiaba y se esforzaba por
comprender. Llevaba camisetas de tirantes en invierno, iba con sudaderas a
la playa, le daban miedo las alturas y aun así adoraba las montañas rusas, y
no pensaba casarse nunca. No lloraba. Al reír cerraba los ojos.
Lo sabía todo sobre ella. Bordaría cualquier examen sobre sus
complejidades. Había estado observándola desde el 29 de febrero en el que
había nacido. Al igual que todos los Portadores de la Simiente. Había
estado observándola desde antes de que ninguno de ellos aprendiera a
hablar. Nunca habían hablado.
Ella era su vida.
Y tenía que matarla.
La chica y su madre tenían las ventanillas bajadas. A los Portadores de
la Simiente no les gustaría. Sabía perfectamente que a uno de sus tíos le
habían encargado bloquear las ventanas mientras madre e hija jugaban a
las cartas en una cafetería con el toldo azul.
Sin embargo, peter había visto una vez a la madre de la chica meter un
palo en el regulador de tensión de un coche con la batería descargada para
arrancarlo de nuevo. Había visto a la joven cambiar un neumático a un lado
de la carretera con un calor espantoso sin derramar una gota de sudor.
Aquellas mujeres podían hacer ciertas cosas. «Más razón aún para
matarla», decían sus tíos, llevándole siempre a defender el linaje de los
Portadores de la Simiente. Pero a peter no le asustaba nada de lo que veía
en aquella chica; todo aumentaba su fascinación por ella.
Unos antebrazos bronceados asomaron por ambas ventanillas al pasar
por el kilómetro tres.
 De tal palo tal astilla. Las dos giraban las muñecas al
ritmo de la música que sonaba en la radio y que a peter le hubiera gustado
oír.
Se preguntaba cómo olería la sal en la piel de la chica. La idea de estar
lo bastante cerca para olerla le bañaba como una ola de placer vertiginoso
que se elevaba hasta la náusea.
Una cosa era cierta: jamás la tendría.
Cayó de rodillas en el banco. La embarcación se balanceó bajo su peso,
destruyendo el reflejo de la luna naciente. Luego volvió a tambalearse, con
más fuerza, lo que indicaba una alteración en alguna parte, en el agua.
Se estaba formando la ola.
Lo único que debía hacer era observar. Su familia se lo había dejado
muy claro. La ola alcanzaría el coche y lo haría caer por encima del puente
como una flor arrastrada por el desbordamiento de una fuente. El mar se
las tragaría hasta sus profundidades. Eso era todo.
Cuando su familia había urdido el plan en el destartalado apartamento de
vacaciones de Cayo Hueso con «vistas al jardín» (un callejón lleno de
hierbajos), nadie había hablado de las olas subsiguientes que harían
desaparecer tanto a la madre como a la hija. Nadie mencionó lo despacio
que se descompone un cadáver en el agua fría. Pero peter llevaba toda la
semana teniendo pesadillas en las que imaginaba el cuerpo de la joven tras
su muerte.
Su familia dijo que después de la ola se acabaría todo y peter podría
comenzar una nueva vida. ¿Acaso no era eso lo que había dicho que
quería?
Simplemente tenía que asegurarse de que el coche se quedara bajo el
mar el tiempo suficiente para que la chica muriera. Si por casualidad —
aquí los tíos empezaron a discutir— la madre y la hija conseguían liberarse
y salir a la superficie, entonces peter tendría que…
«No», repuso su tía Cora con una voz lo bastante alta para silenciar una
habitación llena de hombres. Cora era lo más parecido que peter tenía a
una madre. La quería, pero no le gustaba. «No ocurrirá», había dicho. La
ola que Cora provocaría sería lo bastante fuerte. peter no tendría que
ahogar a la chica con sus propias manos. Los Portadores de la Simiente no
eran asesinos. Eran los custodios de la humanidad, los que impedían la
llegada del Apocalipsis. Estaban generando «un acto de Dios».
Pero sí era un asesinato. En aquel momento la chica estaba viva
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comenten 
-besos isi <3 

miércoles, 15 de abril de 2015

capitulo 1:

El coche pasó el primero de los once kilómetros del largo puente hacia,la ciudad de Marathon, en medio de los Cayos de Florida. La ola de los Portadores de la Simiente estaba destinada al kilómetro seis, justo pasado,el centro del puente. Cualquier cosa, desde un ligero descenso de la
temperatura hasta la velocidad del viento, pasando por la textura del fondo
marino, podría alterar la dinámica de la ola. Los Portadores de la Simiente
debían estar preparados para adaptarse. Podían hacer algo así: crear una ola
en el océano usando un soplo antediluviano para después dejarla caer en un
lugar determinado, como una aguja sobre un disco que desatara una música
de mil demonios. Hasta podrían salir impunes. Nadie juzgaría un crimen
que no supiera que se había cometido.
La creación de olas era un elemento del poder cultivado de los
Portadores de la Simiente, el Céfiro. No se trataba de dominar el agua, sino
más bien de la habilidad para manipular el viento, cuyas corrientes ejercían
una fuerza poderosa sobre el océano. Habían criado a peter para que
venerara al Céfiro como una divinidad, aunque sus orígenes no estaban
claros. Había nacido en un tiempo y un lugar que los ancianos Portadores
de la Simiente ya no mencionaban.
Llevaban meses hablando únicamente de la certeza de que el viento
adecuado bajo el agua adecuada sería lo bastante potente para matar a la
chica adecuada.
El límite de velocidad era de sesenta kilómetros por hora y el Chrysler
iba a cien. peter se secó el sudor de la frente.
Una luz azul pálida brillaba dentro del coche. De pie en el barco,peter
no les veía la cara. Tan solo distinguía dos coronillas, unos orbes oscuros
apoyados en los reposa cabezas. Se imaginó a la chica escribiendo un
mensaje a una amiga para contarle las vacaciones con su madre, haciendo
planes para quedar con la vecina de las mejillas salpicadas de pecas o con
aquel chaval con el que pasaba tiempo y al que peter no soportaba.
Llevaba toda la semana viéndola leer en la playa el mismo libro de
bolsillo descolorido, El viejo y el mar. La observaba pasar las páginas con
la lenta agresividad de alguien que está sumamente aburrido. Aquel otoño
ella cursaría el último año en el instituto y peter sabía que se había
matriculado en tres clases avanzadas; una vez estaba en uno de los pasillos
del supermercado y, a través de las cajas de cereales, oyó como la
muchacha hablaba con su padre de eso. Sabía lo mucho que ella odiaba el cálculo.
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el primer capitulo ya saben comentarios y el segundo
otra cosa si los cap son cortos es porque NO comentan o no les gusta o que??
3 comentarios 
baje los comentarios porque NO COMENTAN solo eso.
gracias a las que comentaron el prologo 
-besos isidora.

lunes, 6 de abril de 2015

hola tanto tiempo ...bue no tanto...espero que estén bien y ay noticias emm se cancela *amor de mi vida* temporalmente hasta nuevo aviso por el tema de las clases pero subire una adaptación de un libro que me estoy leyendo es la ultima lagrima así que aquí va el prologo espero que les guste y si ay mas de 5 comentarios el primer capitulo hoy --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------la ultima lagrima 

prologo:
Había llegado el momento.
Un atardecer ámbar oscuro. La humedad tirando del cielo apacible. Un
coche solitario recorriendo el puente Seven Mile hacia el aeropuerto de
Miami, hacia un vuelo que no se cogería. Una ola gigantesca elevándose en
el agua, al este de los Cayos, convirtiéndose en un monstruo que
desconcertaría a los oceanógrafos en las noticias de la noche. El tráfico
detenido en la entrada del puente por unos hombres vestidos de obreros que
cortaban de forma temporal la carretera.
Y él: el chico en el barco pesquero robado, a cien metros al oeste del
puente. El ancla echada. Los ojos fijos en el último coche al que habían
dejado cruzar. Llevaba allí una hora y se quedaría tan solo unos instantes
más para observar; no, para supervisar la tragedia inminente, para
asegurarse de que en esa ocasión todo iba a ir bien.
Los hombres que se hacían pasar por obreros se llamaban a sí mismos
los Portadores de la Simiente. El muchacho del barco también era uno de
ellos, el más joven de su estirpe. El coche del puente era un Chrysler K de
1988, color champán, con doscientos mil kilómetros y un espejo retrovisor
pegado con cinta adhesiva. La conductora era arqueóloga, pelirroja, madre.
La pasajera era su hija, una adolescente de diecisiete años procedente de
New Iberia, Luisiana, y el objetivo de los Portadores de la Simiente. Madre
e hija estarían muertas en cuestión de minutos… si el chico no lo
estropeaba.
Se llamaba peter. Estaba sudando.
Estaba enamorado de la joven del coche. Así que allí, en aquel momento,
con el suave calor de Florida a finales de primavera, las garzas azules
persiguiendo a las garcetas blancas por un cielo ópalo negro y el agua en
calma a su alrededor, peter debía elegir entre cumplir con las obligaciones
de su familia o…
No.
La elección era más simple que eso: salvar al mundo o salvar a la chica
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5 comentarios y va el primer capitulo 
-besos isi