miércoles, 29 de abril de 2015

capitulo diez:

A veces hablaba del suicidio con su
amigo Brooks, la única persona en que podía confiar que no la juzgaría,
que no se lo contaría a su padre o algo peor. Se sentaba en silencio a
escuchar cada vez que ella llamaba a su línea directa. Le había hecho
prometer que hablaría con él en cuanto pensara en ello, así que hablaban
mucho.
Pero seguía allí, ¿no? Las ganas de abandonar este mundo no eran tan
atroces como cuando se había tragado aquellas pastillas. El letargo y la
apatía habían reemplazado el deseo de morir.
—¿Le mencionó mi padre por casualidad que siempre he sido así? —
preguntó.
Lali dejó el cuaderno sobre la mesa.
—¿Siempre?
lali apartó la mirada. Quizá no siempre. Por supuesto que no había
sido siempre así. Había sido alegre algún tiempo. Pero cuando tenía diez
años sus padres se separaron y después de eso una no se queda alegre.
—¿Hay alguna posibilidad de que podamos ir directamente a la receta de
Xanax? —El tímpano izquierdo volvía a pitarle—. Todo esto me parece
una pérdida de tiempo.
—No necesitas fármacos. Necesitas abrirte a los demás y no enterrar
esta tragedia. Tu madrastra dice que no hablas con ella ni con tu padre.
Tampoco has mostrado interés en conversar conmigo. ¿Y con tus amigos
del instituto?
—Cat —dijo lali automáticamente— y Brooks.
Hablaba con ellos. Si alguno de los dos estuviera sentado en la silla de
anais, lali quizá hasta estaría riéndose en ese momento.
—Bien. —La doctora anais quería decir «Por fin»—. ¿Cómo te
describirían desde el accidente?
—Cat es la capitana del equipo de campo a través —respondió lali,
pensando en la incontrolada mezcla de emociones reflejadas en el rostro de
su amiga cuando lali le dijo que lo dejaba y le cedía el puesto de
capitana—. Diría que me he vuelto más lenta.
Cat estaría en el campo con el equipo en aquellos momentos. Se le daba
bien hacerles repasar los ejercicios, pero no era muy brillante dando
ánimos, y el equipo necesitaba motivación para enfrentarse al Manor.
lali echó un vistazo a su reloj. Si salía pitando en cuanto aquello
terminara, quizá llegase al colegio a tiempo. Eso era lo que quería, ¿no?
Al alzar la vista,
 vio que anais tenía el entrecejo fruncido.
—Sería un poco duro decirle eso a una chica que está llorando la pérdida
de una madre, ¿no crees?
lali se encogió de hombros. Si anais hubiera tenido sentido del
humor, si hubiera conocido a Cat, lo habría entendido. Su amiga bromeaba
la mayor parte del tiempo. No pasaba nada. Se conocían desde siempre.
—¿Qué hay de… Brooke?
—Brooks —la corrigió lali.
También le conocía desde siempre. Se le daba mejor escuchar que a
ninguno de los psiquiatras en los que se gastaban el dinero Rhoda y su
padre.
—¿Brooks es un chico? —anais volvió a coger el cuaderno y apuntó
algo—. ¿Sois algo más que amigos?
—¿Qué importa eso? —le soltó lali.
Antes del accidente habían salido una vez, en quinto curso. Pero eran
unos críos. Y ella estaba destrozada porque sus padres iban a separarse y…
—Un divorcio a menudo provoca cierto comportamiento en los hijos que
les dificulta continuar con sus propias relaciones sentimentales.
—Teníamos diez años. No funcionó porque yo quería ir a nadar cuando
él quería montar en bici. ¿Cómo hemos empezado a hablar de esto?
—Dímelo tú. Quizá puedas hablarle a Brooks de tu pérdida. Parece ser
alguien que podría llegar a importarte mucho si te permitieras sentir.
lali puso los ojos en blanco.
—Vuelva a ponerse los zapatos, doctora.
Cogió el bolso y se levantó del diván.
—Tengo que ir a correr.
Iba a salir corriendo de aquella sesión. Correría de vuelta al instituto.
Correría por el bosque hasta que estuviera tan cansada que no le doliera.
Puede que incluso corriera de vuelta al equipo que tanto le gustaba. La
entrenadora tenía razón en una cosa: cuando lali estaba baja de ánimos,
correr la ayudaba.
—¿Te veo el próximo martes? —preguntó anais. Pero para entonces la
terapeuta estaba hablando a una puerta cerrada.
-------------------------continuara-----------------------------------------
mmm ame la parte en que dejo hablando a anais sola jajja comenten y subo

martes, 28 de abril de 2015

capitulo nueve:
Habían ido juntas a Egipto, Turquía y la India, en barco por las islas
Galápagos, todo como parte del trabajo arqueológico de Diana. Una vez,
cuando lali fue a visitar a su madre a una excavación en el norte de
Grecia, perdieron el último autobús de Trikala y pensaron que no les
quedaba más remedio que quedarse allí a pasar la noche, hasta que lali,
con catorce años, le hizo señas a un camión de aceite de oliva e hicieron
autoestop para regresar a Atenas. Se acordó de que su madre la rodeó con
el brazo mientras iban sentadas en la parte trasera del camión, entre las
cubas acres y agujereadas de aceite de oliva, y en voz baja murmuró:
«Sabrías cómo salir hasta de una madriguera en Siberia, niña. Eres la leche
como compañera de viaje». Era el cumplido preferido de lali. Pensaba
en él a menudo cuando se hallaba en una situación de la que necesitaba
escapar.
—Estoy intentando conectar contigo, lali—insistió la doctora 
anais—. 
Las personas más cercanas a ti están intentando conectar
contigo. Les pedí a tu madrastra y a tu padre que anotaran algunas palabras
que describieran los cambios que han notado en ti. —Alargó la mano para
coger un cuaderno marmolado de la mesita auxiliar junto a la silla—.
¿Quieres oírlas?
—Claro. —lali se encogió de hombros—. Siga jugando.
—Tu madrastra…
—Rhoda.
—Rhoda te llamó «fría». Dice que el resto de la familia va con pies de
plomo contigo, que eres «cerrada e impaciente» con tus hermanastros.
lali hizo un gesto de dolor.
—Eso no es cierto…
¿A quién le importaba si era cerrada? Pero ¿que no tenía paciencia con
los mellizos? ¿Era verdad? ¿O era otro de los trucos de Rhoda?
—¿Y qué dice mi padre? Déjeme adivinarlo… ¿«Distante», «taciturna»?
anais pasó una página.
—Tu padre te describe como…, sí, «distante», «estoica» y «difícil».
—Ser estoica no es malo.
Desde que había estudiado el estoicismo griego, lali aspiraba a
controlar sus emociones. Le gustaba la idea de conseguir la libertad
mediante el dominio de sus sentimientos, de contenerlos para que solo ella
pudiera verlos, como una mano de cartas. En un universo sin Rhodas ni
anaises, que su padre la llamara «estoica» tal vez sería un cumplido. Él
también era estoico.
Pero eso de que era difícil le molestaba.
—¿Qué clase de suicida se iba a dejar tratar? —masculló.
anais bajó el cuaderno.
—¿Has vuelto a pensar en el suicidio?
—Me estaba refiriendo a «difícil» —dijo lali, exasperada—. Si fuera
una loca suicida no habría… Da igual.
Pero era demasiado tarde. Había dejado escapar la palabra que
comenzaba por ese, que era como decir «bomba» en un avión. Había
saltado la alarma dentro de anais
Pues claro que lali seguía pensando en el suicidio. Y sí, había
contemplado otros métodos, aunque sabía sobre todo que no podía intentar
ahogarse; no después de lo que le había sucedido a Diana. Una vez había
visto un programa sobre cómo a las víctimas de ahogamiento se les llenan
los pulmones de sangre antes de morir
----------------------------------continuara----------------------------------
nara yo publico en otros blogs mi nove pero igual ay poco comentarios que ay entradas ay pero pocos comentarios igual seguiré subiendo 
-comenten besos isi

lunes, 27 de abril de 2015

capitulo ocho:

—Cuéntame tu recuerdo positivo más reciente —dijo anais.
Eureka se puso cómoda en el diván. Debía de ser aquel día. Debía de ser
el CD de Jelly Roll Morton que sonaba y ella y su madre cantaban con su
horrible tono de voz mientras avanzaban con las ventanillas bajadas por un
puente que nunca terminarían de cruzar. Recordaba que se había reído por
una letra graciosa mientras se acercaban al centro del puente. Recordaba
ver la señal blanca, oxidada, del kilómetro seis.
Después: el olvido. Un enorme agujero negro hasta que despertó en el
hospital de Miami, con el cuero cabelludo lacerado, un tímpano reventado
que nunca se curaría completamente, un tobillo torcido, dos muñecas
gravemente rotas, miles de morados…
Y sin madre.
Su padre estaba sentado en el borde de la cama. Lloró cuando la
muchacha volvió en sí, lo que le puso los ojos más tristes. Rhoda le tendió
unos pañuelos. Sus hermanastros, de cuatro años, William y Claire, la
cogieron de la mano con sus deditos suaves, por la parte que no tapaba el
yeso. Había olido a los mellizos incluso antes de abrir los ojos, antes de
saber que había alguien allí o si estaba viva. Olían igual que siempre: a
jabón Ivory y noches estrelladas.
La voz de Rhoda fue firme cuando se inclinó sobre la cama y se colocó
las gafas rojas encima de la cabeza.
—Has tenido un accidente. Vas a ponerte bien.
Le contaron que una ola gigantesca había salido del océano como un
mito y había arrastrado el Chrysler de su madre hasta sacarlo del puente.
Le dijeron que unos científicos habían buscado en el agua un meteorito que
pudiera haber provocado aquella ola. Le hablaron de los obreros y le
preguntaron a lali si sabía cómo o por qué su coche había sido el único
al que habían permitido cruzar el puente. Rhoda mencionó demandar al
condado, pero su padre le pidió que lo dejara con un gesto. Le preguntaron
a lali por su milagrosa supervivencia y esperaron a que despejara las
incógnitas sobre cómo había terminado en la orilla ella sola.
Al ver que no podía hacerlo, y le contaron lo de su madre.
No escuchó, la verdad es que no oyó nada de aquello. Agradecía que el
tinnitus en el oído ahogara casi todos los sonidos. A veces todavía le
gustaba que el accidente la hubiera dejado medio sorda. Se había quedado
mirando la dulce cara de William, luego la de Claire, pensando que eso la
 ayudaría. 
Pero parecía que tuvieran miedo de ella y eso le dolió más que
los huesos rotos. Así que clavó la vista más allá, la relajó sobre la pared
blanquecina y la dejó allí durante los siguientes nueve días. Siempre les
decía a las enfermeras que su nivel de dolor era de siete sobre diez para
asegurarse de que le administraran más morfina.
—Puede que sientas que el mundo es un lugar muy injusto —probó
anais.
¿Seguía lali en aquella habitación con esa mujer condescendiente a
la que pagaban para que no la comprendiera? Eso sí era injusto. Se imaginó
que los gastados zapatos marrón topo de anais se levantaban
mágicamente de la alfombra, flotaban en el aire y giraban como las
manecillas de un reloj hasta que se acababa la hora y lali salía
corriendo hacia la competición.
—Los gritos de ayuda como el tuyo a menudo son el resultado de
sentirse incomprendido.
«Grito de ayuda» era un eufemismo para «intento de suicidio». No era
un grito de ayuda. Antes de que Diana muriera, lali creía que el mundo
era un lugar increíblemente emocionante. Su madre era pura aventura.
Percibía cosas en un camino normal por el que la mayoría de la gente
pasaba miles de veces. Se reía más fuerte y con más frecuencia que nadie
que lali conociera. Había ocasiones en las que incluso había
avergonzado a lali, pero en ese momento echaba de menos la risa de su
madre más que nada.
-----------------------------continuara----------------------------------
pobre lali no :'( comenten y subo...........eh tratado de subir mas porque tengo hartos capítulos ya adaptados pero comenten 
-besos isi
-seguimos con la maratón?

domingo, 26 de abril de 2015

capitulo siete:

lali no sabía por qué había accedido a hacerlo. Quizá no quería
defraudar a otra persona. Había prometido intentar ponerse en forma antes
de la carrera contra el Manor, volver a probar. Antes le encantaba correr.
Le encantaba el equipo. No obstante, eso pertenecía al pasado.
—lali, ¿puedes contarme algo que recuerdes del día del accidente?
—la animó la doctora anais.
lali estudió el lienzo blanco del techo, como si fuera a aparecer
pintada una pista. Recordaba tan poco del accidente que no merecía la pena
abrir la boca. Un espejo colgaba de la pared al otro lado del despacho.
lali se levantó y se colocó delante de él.
—¿Qué ves? —preguntó anais.
Retazos de la chica que era antes: las mismas pequeñas orejas de soplillo
detrás de las que se metía el pelo, los mismos ojos azul oscuro de su padre,
las mismas cejas asilvestradas si no las domaba a diario… Todo seguía
allí. Y aun así, justo antes de aquella cita, dos mujeres de la edad de Diana
habían pasado por su lado en el aparcamiento y habían susurrado: «Ni su
propia madre la reconocería».
Era una forma de hablar, como el montón de cosas que decían sobre
lali en New Iberia: «Podría discutir con la muralla China y ganar», «No
tiene oído ni para tocar el timbre», «Corre más rápido que una hormiga
pisoteada en las Olimpiadas». El problema de aquellas expresiones era lo
fácil que salían de la boca de la gente. Esas mujeres no pensaban en la
realidad de Diana, que habría reconocido a su hija en cualquier lugar, en
cualquier momento, sin importar las circunstancias.
Trece años de escuela católica hicieron creer a lali que Diana estaba
mirándola desde el cielo y la reconocía en aquel mismo instante. No le
importaría la camiseta rota del árbol de Josué debajo de la rebeca del
colegio de su hija, las uñas mordidas o el agujero en el dedo gordo
izquierdo de sus zapatillas de lona de pata de gallo. Pero puede que le
cabreara cómo llevaba el pelo.
En los cuatro meses desde el accidente, el pelo de lali había pasado
de un rubio oscuro virgen a un rojo chillón (el tono natural de su madre),
un blanco de bote (idea de su tía Maureen, propietaria de un salón de
belleza) y un negro azabache (que finalmente parecía quedarle bien) y
ahora estaba creciendo con un interesante estilo ombré. lali intentó
sonreír a su reflejo, pero se veía la cara rara, como la máscara sonriente 
colgada en
 la pared de su clase de teatro el año anterior.
------------------------------continuara----------------------------------
cortito pero mas tarde subo
-comenten
-besos isi

sábado, 25 de abril de 2015

capitulo seis:
La doctora anais se aclaró la garganta.
lali se quedó mirando fijamente el falso techo.
—Ya sabe por qué estoy aquí.
—Me encantaría oírlo con tus propias palabras.
—Por la mujer de mi padre.
—¿Tienes problemas con tu madrastra?
—Rhoda concierta las citas. Por eso estoy aquí.
La terapia de lali se había convertido en una de las causas de la
esposa de su padre. Primero había sido para enfrentarse al divorcio, luego
para llorar la muerte de su madre y ahora para descargar el intento de
suicidio. Sin Diana (su madre), no había nadie que intercediera en favor de lali
para hacer una llamada y despedir al matasanos. lali se imaginaba a sí
misma atrapada en las sesiones con la doctora anais a los ochenta y cinco
años, igual de fastidiada que en la actualidad.
—Sé que ha sido duro perder a tu madre —dijo anais—. ¿Cómo te
sientes?
lali se concentró en la palabra «perder», como si Diana y ella se
hubieran separado sin querer en medio de una muchedumbre y pronto
fueran a reencontrarse, a cogerse de la mano para pasear hacia el
restaurante más próximo en el muelle, comer unas almejas fritas y
continuar como si nunca se hubieran separado.
Aquella mañana, desde el otro extremo de la mesa del desayuno, Rhoda
le había enviado a lali un mensaje: «Doctora anais, 15.00». Había un
hipervínculo para que enviara la cita al calendario de su teléfono. Cuando
lali hizo clic en la dirección de la consulta, un banderín en el mapa
marcó la localización de Main Street en New Iberia.
—¿New Iberia? —dijo con voz quebrada.
Rhoda le dio un sorbo a un zumo verde de aspecto repugnante.
—Pensé que te gustaría.
New Iberia era la ciudad donde lali había nacido y se había criado.
Era el lugar que todavía consideraba su hogar, donde había vivido con sus
padres durante el período no hecho añicos de su vida, hasta que se
separaron y su madre se mudó, y su padre, que antes caminaba con paso
seguro, comenzó a arrastrar los pies hasta parecer uno de esos cangrejos de
pinzas azules del Victor’s, donde había trabajado como chef.
Eso fue cuando el Katrina, y el Rita vino justo después. La antigua casa
de lali seguía allí —había oído que ya vivía otra familia en ella—, pero
ras los huracanes,
 su padre no había querido dedicarle el tiempo ni los
sentimientos necesarios para repararla. Así que se mudaron a Lafayette, a
veinticuatro kilómetros y treinta años luz de casa. Su padre consiguió
trabajo de cocinero en el Prejean’s, que era más grande y mucho menos
romántico que el Victor’s. lali cambió de colegio, lo que fue un rollo.
Antes de que lali supiera siquiera que su padre había superado lo de su
madre, ya se habían mudado a una casa grande en Shady Circle. Pertenecía
a una señora autoritaria llamada Rhoda. Estaba embarazada. La nueva
habitación de lali se encontraba al final del pasillo, más allá de la
habitación del bebé que estaban preparando.
Así que no, Rhoda, a lali no le gustaba que aquella nueva terapeuta
viviera en New Iberia. ¿Cómo se suponía que iba a conducir hasta la
consulta y llegar a tiempo a la carrera?
El encuentro deportivo era importante, no solo porque el Evangeline
corría contra su rival, el instituto Manor, sino porque lali le había
prometido a la entrenadora que ese día decidiría si se quedaba en el equipo.
Antes de que Diana muriera, habían nombrado a lali capitana jefe.
Tras el accidente, cuando estuvo lo bastante fuerte físicamente, sus amigas
le pidieron que corriera unas cuantas carreras en verano, pero la única en la
que había participado le había dado ganas de gritar. Los alumnos de cursos
inferiores le tendían vasos de agua con lástima. La entrenadora achacó la
lentitud de lali  a las muñecas escayoladas, pero era mentira. Ya no
tenía el corazón en la carrera. No estaba con el equipo. Su corazón se
hallaba en el océano con Diana.
Después de las pastillas, la entrenadora le había llevado unos globos, que
quedaban ridículos en la estéril habitación del ala psiquiátrica. Ni siquiera
le habían permitido quedárselos al finalizar las horas de visita.
—Lo dejo —le dijo lali. La avergonzaba que la vieran atada a la
cama por las muñecas y los tobillos—. Dígale a Cat que puede quedarse
con mi taquilla.
La triste sonrisa de la entrenadora sugería que, tras un intento de
suicidio, las decisiones de una chica tenían menos peso que los cuerpos en
la luna.
—He pasado por dos divorcios y la batalla de una hermana contra el
cáncer —explicó la entrenadora—. No estoy diciendo esto porque seas la
más rápida de mi equipo. Te lo digo porque tal vez correr sea la terapia que
necesitas. Cuando te encuentres mejor, ven a verme y hablaremos de esa t
aquilla.
--------------------------------------continuara-----------------------------------------------------------
pronto apare sera peter así que esperen 
-besos isi
-comenten
capitulo cinco:

«Suicidio.» Aquella palabra sonaba más violenta que el intento cometido
en realidad. La noche antes de que empezara su último año de instituto,
lali había abierto la ventana y había dejado que las diáfanas cortinas
blancas se inflaran hacia ella mientras estaba tumbada en la cama. Había
tratado de pensar en algo bueno que le deparara el futuro, pero su mente no
dejaba de retroceder a los momentos de alegría perdidos de los que jamás
volvería a disfrutar. No podía vivir en el pasado, así que decidió que no
podía vivir. Encendió el iPod. Y se tragó las últimas pastillas de oxicodona
que su padre tenía en el botiquín para el dolor que le provocaba el disco
fusionado de la columna vertebral.
Ocho, quizá nueve pastillas; no las contó mientras descendían por su
garganta. Pensó en su madre. Pensó en María, la madre de Dios, de la que
había crecido creyendo que rezaba por todas las personas en el momento de
su muerte. lali conocía las enseñanzas católicas sobre el suicidio, pero
creía en María, cuya misericordia era inmensa, creía que entendería que
lali había perdido tanto que ya no había nada que hacer salvo rendirse.
Se despertó en una fría sala de urgencias, atada con correas a una
camilla y atragantándose con el tubo de una bomba estomacal. Oyó a su
padre y a Rhoda discutir en el pasillo mientras una enfermera la obligaba a
beber un horrible carbón vegetal líquido para que se uniera a los venenos
que no habían podido expulsar de su organismo.
Puesto que no conocía las palabras que la habrían sacado de allí antes
—«Quiero vivir», «No volveré a intentarlo»—, lali  pasó dos semanas
en un psiquiátrico. Jamás olvidaría lo absurdo que fue saltar a la cuerda
junto a una enorme mujer esquizofrénica durante los ejercicios de
calistenia, o comer avena con el universitario que no se había cortado las
muñecas con suficiente profundidad y que escupía en la cara de los
celadores cuando intentaban darle las pastillas. De cualquier modo,
dieciséis días más tarde, lali caminaba con dificultad hacia la misa de
la mañana, antes de la primera clase en el instituto Evangeline Catholic,
donde francys Pogue, una estudiante de segundo procedente de la ciudad de
Opelousas, la detuvo en la puerta de la capilla con un «Debes sentirte
afortunada por estar viva».
lali  había lanzado una mirada de odio a los ojos claros de francys que
había hecho que la chica ahogara un grito, antes de persignarse y escurrirse
al banco más cercano. En las seis semanas tras su vuelta al Evangeline,
lali  había dejado de contar cuántos amigos había perdido.
capitulo cuatro:


En la calma de la pequeña sala de espera beis, a lali le pitaba el oído
malo. Se lo mas-ajeó, una costumbre desde el accidente, que la había dejado
medio sorda. No sirvió de nada. En el otro extremo de la habitación,
giraron el pomo de la puerta. Una mujer con una blusa blanca de gasa, una
falda verde oliva y un magnífico pelo rubio, recogido, apareció en el
espacio iluminado por una lámpara.
—¿lali?
Su voz baja competía con el burbujeo de un acuario que tenía dentro un
buzo de plástico fluorescente arrodillado en la arena, pero no había señal
de que contuviera peces.
lali  le echó un vistazo al vestíbulo vacío, deseando invocar a una
lali invisible que ocupara su lugar en ese momento.
—Soy la doctora anais. Entra, por favor.
Desde que su padre se había vuelto a casar hacía cuatro años, lali
había sobrevivido a una armada de terapeutas. Una vida controlada por tres
adultos que no se ponían de acuerdo en nada resultaba mucho más
complicada que una dirigida por dos. Su padre había dudado del primer
psicoanalista, un freudiano de la vieja escuela, casi tanto como su madre
había odiado al segundo, un psiquiatra de párpados pesados que repartía
atontamiento en pastillas. Luego Rhoda, la nueva esposa del padre, entró
en escena y lo intentó con el orientador del instituto, con un acupuntor y
con clases de control de la ira. Pero lali  se había puesto firme en la
elección de la condescendiente terapeuta familiar, en cuyo despacho su
padre nunca se había sentido menos de la familia. En realidad, le había
medio gustado el último loquero, que había propuesto un lejano internado
en Suiza, hasta que su madre se enteró y amenazó con demandar al padre.
lali se fijó en los zapatos marrones, de piel y sin cordones, de su
nueva terapeuta. Ella ya se había sentado en el diván enfrente de 
muchos pares de zapatos similares. Las doctoras tenían aquel truquito: se quitaban
sus zapatos planos al principio de la sesión y volvían a ponérselos para 
indicar 
que habían terminado. Todas debían de haber leído el mismo
artículo aburrido sobre que el Método del Zapato era una manera más
delicada de decirle al paciente que se había acabado el tiempo.
La consulta era expresamente tranquilizante: un largo diván de piel
granate apoyado contra la ventana de postigos cerrados, dos sillas
tapizadas enfrente de una mesa de centro con un cuenco lleno de esos
caramelos de café con el envoltorio dorado y una alfombra bordada con
huellas de distintos colores. Un ambientador eléctrico hacía que todo oliera
a canela, lo que a lali no le importaba. anais se sentó en una de las
sillas. lali tiró al suelo su bolsa, que cayó con un golpe fuerte (los
libros de las clases avanzadas eran ladrillos) y se deslizó en el diván.
bonito sitio —dijo—. Debería comprar uno de esos péndulos
oscilantes de bolas plateadas. Mi última doctora tenía uno. O tal vez una
fuente con grifos para agua caliente y fría.-
—Si quieres agua, hay una jarra junto al lavabo. No me importaría…
—No se preocupe.
lali ya había dejado escapar más palabras de las que pretendía
pronunciar en toda la hora. Estaba nerviosa. Respiró hondo y volvió a
levantar sus muros. Se recordó a sí misma que era una estoica.
anais  liberó uno de los pies de los zapatos marrones y luego usó la
punta de ese pie enfundado en la media para quitarse el otro zapato por el
talón y revelar unas uñas rojas. Con los dos pies metidos bajo los muslos,
anais apoyó la barbilla en la palma de la mano.
—¿Qué te ha traído aquí?
Cuando lali se veía atrapada en una mala situación, su mente volaba
a destinos disparatados que no intentaba evitar. Se imaginó una caravana
pasando por un desfile triunfal en medio de New Iberia, escoltándola a lo
grande hasta su terapia.
Pero anais  parecía sensata, interesada en la realidad de la que lali
ansiaba escapar. Lo que la había llevado allí era su Jeep rojo. El tramo de
veintisiete kilómetros entre aquella consulta y su instituto la había llevado
allí, y cada segundo llevaba a otro minuto que no estaba en la escuela
calentando para la carrera a campo a través de aquella tarde. La mala
suerte la había llevado allí.
¿O era la carta del hospital Acadia Vermilion, donde afirmaban que
debido a su último intento de suicidio la terapia no era opcional sino
obligatoria?